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EL SUEÑO
DE LA RIBERA Y EL CERRO DE MIS SUEÑOS
Es el sueño de una mañana de
verano, paseando por el tupido tapiz de los álamos y chopos que
envuelven el cristalino agua del Duratón. Un paseo inundado de
naturaleza pura, que invita a observar alguno de los edificios más
emblemáticos de la villa de Peñafiel. El amanecercaluroso
de agosto era mitigado por el agua transparente que reflejaba la espesura
de la vegetación. Inicié el trayecto, inédito para
la mayoría de los habitantes del pueblo. En el puente rocoso del
Valdobar, cuyas piedras han soportado los tradicionales encierros de las
fiestas de San Roque. Un claro del río utilizado para los baños
veraniegos me sirvió de camino para enfilar la estrecha vereda
que nunca abandoné hasta la desembocadura en el río que
inmortalizó Antonio Machado a su paso por la ciudad de Soria. Con
una vara de mimbreentre las manos, ayuda imprescindible para apartar los
hierbajos salvajes que invadían el sendero. Caminaba a paso lento,respirando
el olor a hierba húmeda. En ocasiones una cúpula verde apenas
dejaba pasar los rayos del sol clavándose irremediablemente, como
unalanza, sobre las aguas. De inmediato se rompió la aparente monotonía,
una balsa artificial amansó las aguas, provocando la primeracascada,
al lado un viejo molino abandonado. Me trae a la memoria la molienda del
cereal, hoy en ruinas, testigo de los años de la posguerra cuando
el pan era un bien codiciado. De nuevo la vegetación empieza a
espesarse otra vez para llevarme al jardín prohibido, sólo
accesible por la angosta senda que caminaba. Lo más hermoso de
la ribera, vedado para el disfrute
de los monjes del convento de San Pablo. La fusión trascendental
de la naturaleza con el arte, de lo espiritual con lo terrenal. Sus gruesos
muros, a la manera de fortalezas medievales evitaron que el lecho del
río en sus crecidas inesperadas inundasen las calles del pueblo.
El estilo gótico-mudéjar de la iglesia es digno de ser contemplado
desde el jardín prohibido. Un puente une la fortaleza con la isla,
llena de chopos. Siguiendo el discurrir natural del río me sorprende
la división caprichosa en tres brazos, en uno de los cuales está
ubicada una nueva presa para mover antaño otro de los molinos,
dentro del casco urbano, hoy convertido en vivienda, sustentada por siete
vanos, convertidos en siete potentes chorros de agua en las crecidas más
espectaculares. Atravieso uno de los puentes construidos a mediados del
siglo veinte para llegar a la Judería, antiguo barrio judío
en época medieval, hoy convertido en playa artificial y pulmón
de la villa. Un bello parque donde los niños y ancianos disfrutan
en los días que hace buen tiempo, lugar en ocasiones de conciertos,
de bandas
musicales, muy especialmente de la banda municipal de Peñafiel.
Aún disfruto con el recuerdo de los conciertos de julio y agosto,
Mozart, Chopin, Vivaldi, Bizet con su Carmen y su Arlesien… interpretados
por músicos locales, saboreando en la terraza una copa de cerveza
muy fría, mientras las notas musicales iban diluyéndose,
entre las hojas de los árboles y las aguas de la ribera. En el
margen izquierdo del Duratón el antiguo convento de las monjas
claras, cuyos restos más visibles son el muro de piedra y la iglesia
de planta poligonal, el resto del convento ha sido restaurado para otros
menesteres. Desde ese punto se atisba, algunas almenas del castillo, la
torre de la iglesia de Santa María y la iglesia de San Miguel,
una pausa de la ribera sin árboles para ver el verdadero corazón
artístico del pueblo. Otra vez los álamos cubren el discurrir
del Duratón, impidiendo ver las casas sobre un muro de piedra,
acariciadas por el río, con sus balconadas y ventanas típicas
de una construcción rural de antaño. Pasé por debajo
de uno de los grandes vanos del puente medieval, el vetusto puente de
la antigua carretera nacional 122. Un poco más adelante un gran
muro de piedra, con pasadizos de bóveda al modo de vomitorios imprescindibles
para acceder a la orilla del río desde las calles del pueblo. Desde
la verde pradera, en lo alto del cerro testigo, se ve el castillo del
infante Don Juan Manuel, recortado por los tejados, de un pueblo que se
aferra a sus faldas. La torre del Reloj renace majestuosa,mirada obligatoria
para los que desean saber la hora del día y de la noche, en su
esfera iluminada. Otra cascada artificial da paso aun bellísimo
molino, convertido en restaurante, donde una docena de patos ponen una
nota de color. Los chopos empiezan a multiplicarse a medida que dejaba
atrás el casco histórico. En un sorprendente meandro, en
lo más alto de la pared escarpada, la casa de la Gila, muy conocida
por sus
leyendas, que fueron pasando de boca en boca entre los vecinos a principios
del siglo veinte. Una casa maldita decían los viejos del lugar,
acercarse a ella imponía respeto y miedo. El camino se hacía
cada vez más impracticable, pero ayudado por la vara de mimbre,
sin apenas percatarme el Duratón moría en los
brazos del Duero. Tras una buena comida y mejor siesta, cuando la perpendicularidad
de los rayos del sol formaba un ángulo reducido con la horizontalidad
de la superficie, inicié la subida al cerro testigo más
vertiginoso de Castilla. Ahora era la escasa vegetación y la erosión
la que permitió recortar el cerro hasta límites insospechados,
aflorando la roca que sustenta elcastillo. El ascenso fue tortuoso, recompensado
por la llegada a la fortaleza medieval. Un mirador privilegiado en la
torre del homenaje me permitió ver, lo que ahora les voy a contar:
A vista de pájaro los páramos recortados en el horizonte
de Quintanilla de Arriba y de Pesquera, el castillo en ruinas de Curiel,
las grandes biomasas de pinares amabas vertientes del Duero, los viñedos
del río Botijas, el valle del Duratón serpenteando por las
descarnadas laderas, las parameras de de Canalejas y Fonpedraza, los cerros
redondeados de Manzanillo y las suaves
pendientes doradas por los rastrojos, salpicadas en los valles por el
verdor de los pinos, chopos, álamos y cultivos forrajeros. La visión
cenital de Peñafiel, con sus edificios más sobresalientes,
entiéndase: La plaza del Coso, San pablo, San Miguel, Santa María,
el convento de las monjas claras, los luceros de las bodegas y la torre
del reloj, en el preciso instante donde la magia de la esfera roja, en
su mitad oculta en el horizonte, doraba la bóveda celeste e iluminaba
los pináculos ocupados por las cigüeñas. No se lo pierdan,
merece la pena darse un garbeo por la ribera y el cerro de mis sueños
Miguel
Ángel Pascual de la Fuente
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