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Juan y Maria
Apenas columbraban los
primeros rayos de un tibio sol de otoño, Juan se desperezaba, mientras María se
ponía las zapatillas. La vieja casona destemplada rodeada de huertos y pastos
verdes permanecía ausente de todo lo que la rodeaba, sólo bastó un instante para
que la maltrecha chimenea echara humo. Era Juan el que había puesto unos
troncos de leña en el hogar, construido hace tiempo por sus abuelos con piedras
de caliza, adornada con barras de hierro y planchas de metal, en el único
espacio posible, para hacer las comidas diarias, donde los troncos de leña no
contaminada se consumieron durante lardos años, tan largos que Juan casi no
recordaba, cuando era niño trasteando por los muchos rincones de la casa. María
preparaba el desayuno cortando trozos de pan del día anterior, untándoles de ajo
y aceite virgen. En unos recipientes de cerámica vertía la leche espesa, llena
de nata de la única vaca que les acompañaba pastando en los frescos pastos que
les rodeaban. El olor a leña perfumaba la cocina, sí la cocina de María y Juan,
repleta de varas de chorizos, tocinos, jamones, morcillas y distintas partes de
la anatomía del cerdo, unas ollas de barro colocadas en un rincón con un cierto
orden, reposaban repletas de magras, chorizos en aceite, del virgen. Las paredes
de piedra estaban ennegrecidas, la mesa de madera noble desgastada por el
tiempo, oscurecida por el perfume del hogar, brillante por la grasa suspendida
en el aire, sedimentada con paciencia. Juan con los pantalones de pana
desgastados, la boina negra deslucida cubriendo su ralo pelo, la chaqueta de
paño recosida, brillante al trasluz, la mirada perdida en la cocina continuaba
atizando el fuego, con movimientos lentos ayudados de serena firmeza. María, la
dulce María, desde que tuvo uso de razón sirvió, ayudó, consoló y mimó a su
marido, en silencio, sin protestar, ni una mala mueca, la sonrisa de una santa
dedicada a lo que más le gustaba, el campo, la casa, los animales, el espacio
abierto........... En zapatillas, vestida con faldones negros y toquilla, había
terminado de preparar el desayuno, con el mismo cariño de siempre.
Como todas las mañanas de
la semana, de los meses, de los años...... Juan se daba una vuelta alrededor de
la vieja casona, para cuidar los escasos pero variados animales que poseían,
regar, quitar algún hierbajo, y por supuesto cavar la noble tierra en la que
nació, hoy transformada en un pequeño huerto, plantado con algún tubérculo,
cierta variedad de hortalizas y unas pocas legumbres. No era una rutina, María
con la escoba limpiaba el cuarteado suelo. Cada día era distinto, ni el sol, ni
el trinar de los pájaros, ni el aire que respiraban era el mismo. Cada mañana
Juan y María disfrutaban de la jubilación merecida, después de tantos años de
trabajo.
El
rescoldo de la encina, consumiéndose lentamente como todo que sucedía en esa
casa, iba calentando la fría cocina, los faldones de María limpiaban el polvo
del escaso mobiliario, con el trajín que se traía de un lado para otro
preparando los ingredientes de la comida familiar. Por la enorme puerta de dos
cuerpos, reseca, sin barniz, blanquecina en alguna de sus partes más expuestas a
la intemperie de los cambios climáticos estacionales, asoma el cuerpo encogido
de Juan, con una berza bajo el brazo, un par de huevos, dos cebollas y cuatro
patatas. En el hogar, llama incandescente, que iluminaba parcialmente la cocina,
reposaba sobre una trébede un gran perol que era calentado por la limpieza de
las ascuas de la encina. La mesa lustrosa, no muy alejada del fuego estaba
repleta de productos de la tierra, sin denominación de origen, una berza, unas
patatas, sal gorda, garbanzos en remojo, pan, ajos, chorizo fresco, tocino,
carne de morcillo, un trozo de gallina, espinazo de cerdo, huevos, perejil en
rama, y un hueso de jamón. Juan y María codo con codo, como en tantas ocasiones
se disponían a preparar un cocido, no sólo para ellos, sus hijos y nietos iban a
comer en su compañía. Con el afán que les caracterizó siempre acariciaban los
alimentos, con las manos de piel arrugada, llenas de venas y arterias poniendo
su sabia experiencia culinaria. María vertía con sumo cuidado los garbanzos en
el perol, Juan le alcanzaba el resto de los ingredientes que María sazonaba con
sal gorda, lentamente, muy lentamente, hervía el agua, ya manchado de varios
colores. Juan atizaba el fuego para que no se rompiera la magia del calor, la
continuidad de la cocción. Entretanto, su mujer se afanaba en otros menesteres
imprescindibles, vertiendo agua en el cocido a medida que se consumía. En otra
perola el agua, iba cogiendo temperatura para introducir la berza que la
cocinera partió en menudos trozos. El cocinero en su afán de ayudar a María,
cortaba finas rebanadas de pan de hogaza del día anterior.
Sentados junto al fuego uno frente al otro se miraban sonreían, hacían mímica
con las manos, con la cara; los años, los profundos surcos que recorrían su
cuerpo, no les asustaba, tampoco les inquietaba y por supuesto no les quitaba el
sueño. Esperando pacientemente a que la lumbre hiciera su trabajo, en el
tránsito de esa atmósfera familiar, húmeda y llena de olores culinarios. De vez
en cuando María se levantaba para coger la cuchara de madera, probar el caldo
resultante y sazonarlo si fuera necesario. La vieja pareja, aislados en la
intimidad que rodeaba a esa casona, conocía los secretos de ambos, ya no eran
tales, el recuerdo del pasado, la seguridad del presente y la certeza del futuro
sinceró sus vidas. Acercándose a la mesa para elaborar los aditamentos finales,
al cocido que estaba apunto de ser consumado, aún Juan tenía buen humor para
contar un chiste. En una tabla de madera el bueno de Juan cortaba en finos
pedazos dos dientes de ajos y una rama de perejil. María con las manos trémulas
batía unos huevos. Con unas manos armadas de paciencia empezó a mezclar los
trozos de ajos, el perejil finamente cortado y un poco de tocino ya cocido,
despacio, muy despacio, excesivamente despacio iba dando forma al relleno con el
pan rallado, añadiéndolo al resto de los ingredientes para darle un ligero
hervor.
Juan
que desde que se jubiló como agricultor y ganadero, había asumido tareas
domésticas impensables hace años, era el encargado de limpiar la mesa que sirvió
de exposición de los ingredientes del cocido, preparándola para servir ese
guiso, que su mujer seguía acariciando. La alacena que contenía la vajilla se
movía cada vez que Juan cogía un plato, una fuente o un vaso, con la parsimonia
alcanzada con la edad, la mesa iba transformándose, en una de las mejores
estampas de un restaurante de postín.
En el
sótano había dos carrales de vino elaborados y criados por él. Descendiendo por
unas maltrechas escaleras de piedra a trancas y barrancas, logró llenar un jarro
grande de vino tinto que colocó en la mesa. María estaba separando el sabroso
caldo del resto de los alimentos cuando repentinamente se oyó una voz.
- ¡María,
María, ya están aquí!
Los
hijos y nietos abrazaron efusivamente a padres y abuelos, todo estaba preparado
para una entrañable comida familiar. María como siempre, empezó a servir el
caldo, echando a cada comensal las rebanadas de pan que deseara. En el centro de
la mesa, tres grandes fuentes, regalo de bodas, esperaban repletas de berza y
patatas, garbanzos y, la última, con el variado plantel de carne. Durante largos
minutos sólo se oyó el ruido de cucharas tenedores y cuchillos. Cuando quedaba
en los platos las sobras de la comida, María y Juan volvieron a mirarse con una
cierta complicidad, ante la indiferencia del resto de los comensales que
charlaban animadamente, difuminada por el humo que provocaba el cigarro de Juan,
que tantas veces le había escondido María.
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