Quintanilla de Arriba

SOY UN TRONCO

 

Paseando por el campo yermo y desnudo, muy pedregoso, de un inmenso páramo, no encuentro en la desolación, ni un solo animal, ni un solo árbol, ni un escaso matorral de romero o tomillo, que perfume y mitigue la tristeza que me embarga.

 La desesperanza de la estela del camino, por el infierno de la soledad despiadada, apenas me deja sentir las pisadas que no dejan rastro del trecho ya recorrido.

 Una obsesión, una realidad, quizás un sueño, no lo se. En el horizonte un objeto difuso rompe la monotonía de la que estoy siendo prisionero, sin celdas que me limiten el espacio, es la dilatación del de los mares pardos de Castilla lo que oprime mi libertad. Cada vez está más próximo, me atrevería a afirmar que se trata de un tronco, ¡sí es un tronco! ¡Ah pero está seco y carcomido! Se tratara de los restos de un árbol abandonado a la suerte de la sequía. ¡Qué mala estrella! Tuvo que ser el único árbol que había, la única víctima del rigor de la naturaleza. ¡Es una desgracia! era lo único que me faltaba para perder todas las esperanzas.

 En unas condiciones tan adversas, tuve la curiosidad de acercarme, tocarle y clavarme una astilla en el dedo índice, un ligero dolor me hizo emitir un gemido, que no pasó desapercibido.

 El mismo tronco que tenía delante me invitó amablemente a que me introdujera en sus entrañas. Las dudas eran razonables, ¡cómo voy a escuchar las plegarias de un objeto muerto! Su aspecto externo era deplorable, repugnante, ya no daba ni lástima, estaba acabado.

 El tozudo tronco al verme envuelto en un mar de dudas, interpretando el silencio en el que me hallaba sumido, insistió de nuevo en la misma súplica. Saturado de dudas e incertidumbres, inseguro de mi mismo accedí a sus peticiones.

 Su corazón y sus pulmones estaban bastante deteriorados, por sus arterias apenas circulaba sangre, el hígado y los riñones estaban prácticamente secos, los intestinos atascados, los tendones no respondían a los estímulos. Sólo la fuerza del orgullo que mantuvo durante tantos años, moribundo, antes de fenecer, deseó contarme sus secretos, la experiencia que legan los años vividos, agrandando el recuerdo que nos anima a seguir fuertes.

 Me explicaba: Fui la envidia de todas las hermanas que me rodeaban, mi porte fue portentoso, todas nos respetábamos y éramos respetadas. Nosotras y tus amigos convivíamos pacíficamente. Nos cuidaban y les respondíamos generosamente con bienes muy necesarios para sus familias, en invierno y en verano, en otoño y en la primavera, incluso alimentábamos a los animales que criaban para su supervivencia. En los páramos éramos masas grisáceas, a veces negras, firmes y dóciles nos trabábamos al dominio pedregoso. Luchábamos sin descanso contra el hielo, contra el granizo, contra la tormenta, bajo el sol escupiendo su hiel, sin embargo la tierra que nos sustentaba agradecía nuestra fortaleza, evitando que fuera esquilmada. Entretanto la jara, la zarza, el tomillo y el romero vivían cómodamente al abrigo de nuestras ramas atestadas de hojas coriáceas y sinuodentadas, que se manifestaban como unos escudos infranqueables, ante los dardos lanzados por el rigor del medio. Hubo muchos animales que tuvieron aquí su morada, las desmejoradas churras gestaban sus futuras crías en unas condiciones idóneas, eran la admiración de todos los mercados donde se presentaban para su venta.

 La tranquilidad, el silencio y la aparente paz me permitían escuchar al necesitado tronco, en sus últimas bocanadas, sin intervenir, logrando que la magia del monólogo me incitara a preguntar lo que ya sabía y no deseaba escuchar.

¿Cuándo, cómo, por qué?

 Un dolor profundo y desgarrado se oía en todos los rincones, estaba a punto de emitir el último suspiro, no era conveniente ni razonable interrumpir, una vez más al exangüe tronco, necesitaba saber la razón por la que exudaba las últimas gotas de agua.

 La feliz idea partió de un camarada tuyo o alguien muy parecido a ti. Después de pensar durante bastante tiempo, llegó a una feliz conclusión: Era necesario talar de una manera selectiva a mis hermanas menos favorecidas, desconocía la finalidad, pero era nuestro amo y podía hacer lo que quisiera con nosotras, nunca llegué a saber las verdaderas razones que le impulsaron a aquella determinación, reduciendo de un plumazo a la mitad de la población de mi especie. Aún conservaba la esperanza, la muy ingenua de mí, de que en ese punto se había acabado el genocidio. No pasó mucho tiempo desde la primera hazaña, regresó de nuevo a nuestro hogar la guadaña de la muerte, sin preguntar, sin compasión, sin remordimiento, con premeditación y alevosía, arrancó de cuajo los troncos que aún soportaban sus ramas y sus hojas. El resto de la familia, tan grandes como yo, con colosales ramas y ancho sostén fueron privadas de una muerte digna. A nadie se le permitió suplicar o decir sus últimas intenciones a modo de testamento o como consuelo ante la inminente debacle. Los gritos desgarradores se oyeron en los pelados serrijones, en la roca desnuda, en los cerros de plomo y ceniza. La tierra dura y fría no pudo retenerlos ante la furia salvaje de la bestia, una vez, otra, otra y otra, iban cayendo como fichas de dominó, aflorando los nervios y tendones, que se resistían a desasirse de la tierra que les engendró ¡Qué desolación! Lo único que se me ocurrió fue rezar, es lo que aprendí de mis abuelos y padres, antes de que llegara la hora, ya próxima del final, viendo caer a mis congéneres. Aislada, sin compañía, con la depresión provocada por soledad del alma, veía la muerte muy próxima, el hombre de la guadaña, con sus ayudantes me estaban cercando. Con una mirada torva recorrían todas las partes de mi cuerpo, con lascivia, con deseo, aguantando todo tipos de comentarios, con paciencia y resignación. La risa, tan ensalzada en los libros de Aristóteles, y odiada en los cenobios medievales, era pasto de la provocación y de la ira que sentía hacia ellos. Durante unos minutos la sordina se convirtió en el mejor aliado. El amo tomó una determinación, no sin antes inyectar su mirada de satisfacción sobre mi corteza.

-         ¡Quietos, no deis un paso en falso!, ella permanecerá intacta, es tan grande y tan hermosa que será el buque insignia de los nuevos productos que inundarán los mercados de consumo, que esta gran llanura, limpia e infinita, nos proporcionará.

¿Te has dado cuenta del paisaje que estás viendo? Un páramo pedregoso, ni la tierra ha sido generosa, ni perfumes, ni verdores, la desolación, el vacío…

 Un mal día un rayo me seccionó casi de cuajo el miembro vital, reduciéndome a este pequeño tronco que apenas sobresale de la horizontalidad del desértico erial, su fuego me está calcinando los últimos órganos, que me están permitiendo contarte mi final.

 Al levantarme noté un ligero dolor en la parte trasera del cráneo. Había estado apoyado un buen rato sobre la raída madera de un tronco, macilenta, ¿de una encina parda, negra, sin color?, ya ni me acuerdo.

 Afortunadamente la vida, a veces, es un mal sueño.

Finalista del Segundo Certamen de relatos cortos  con el tema “Los sueños” 
Organizado por la secretaría de la igualdad- Marzo del 2007.

 

MIGUEL ÁNGEL PASCUAL DE LA FUENTE